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Archivo de la etiqueta: cenizas de cigarro

Contenido neto: 100% tabaco

Dentro de un supermercado la gente hace sus compras tranquilamente. La zona de los vegetales y frutas es la predilecta, por tener ese olor a frescura y a la vista tantos colores. Ahí me encontraba yo escogiendo limones cuando de pronto sentí un tufillo penetrante. Mi primer reacción fue que había algo descompuesto pero a los pocos segundos me di cuenta de que no olía a podrido, era otra cosa. Mi nariz, como la de un sabueso, le indicó a mi cabeza que girara a la derecha. Vi a un viejillo como de 70 años parado a unos dos metros de mi. Ahora el olor era inconfundible: tabaco rancio y cenizas. El tufo penetraba la nariz y llegaba hasta el cerebro sacudiendo hasta la última de las neuronas pero no sin antes avisarle al estómago que era una buena oportunidad de vomitar.

El desafortunado viejillo venía vestido como sacado de un cuento de los Grimm: abrigo grueso de lana en color café, zapatos cómodos y formales en color negro, pantalón de vestir oscuro de alguna tela caliente y una camisa que alguna vez fue blanca. Su fétido olor podía sentirse a dos metros de distancia. Y no crean que sutilmente. Era una bofetada que con desagrado te sacudía informándote que al señor le gustaba fumar. Mi esposo y yo calculamos que este señor debía de fumar alrededor de dos cajetillas diarias y que seguramente no era afecto de cambiarse de ropa. No se veía sucio, ni siquiera parecía de esos viejitos que ya no dan una. Simplemente olía muy mal.

Con la panza revuelta de asco me di la vuelta y decidí seguir mis compras en algún otro pasillo. Desafortunada mi suerte. El viejillo logró coincidir conmigo en varios pasillos más. Lo incómodo fue que no lo vi primero, lo olí primero. No fui la única que sufrió a este nauseabundo señor. A la distancia pude ver que pidió ayuda a uno de los empleados del supermercado y que éste le explicaba la diferencia entre la sal con ajo y la sal con cebolla desde lo más lejos que podía. Los ojos del empleado parecían girar y el tono rojizo de su piel me informó que contenía la respiración.

Tuve la buena suerte de no formarme detrás de él en la fila para pagar. Espero no volver a topar con este viejillo apestoso nunca más. Pero aunque no lo encuentre en mi camino de nuevo no puedo dejar de pensar en él. ¿Qué necesita tener una persona en la cabeza para hacerse eso a sí mismo? ¿Cuántos cigarros debe fumar para que ni él mismo sienta su propia peste? ¿Le sabrá a algo la comida?

En fin, algunas de tantas cosas que no entiendo de los fumadores.

 
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Publicado por en febrero 24, 2009 en Anécdotas

 

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