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Mi tía, la fumadora.

24 Oct

La hermana de mi papá es una mujer de más de sesenta años. Durante toda mi vida la recuerdo como una mujer clásica, sofisticada, culta y fumadora. Desde que era niña la imagen de mi tía siempre viene a mi mente con su collar de perlas, sus tacones de aguja y su cigarro en la mano. Ese cigarro con contorno rojo en la boquilla, pintado por el labial escarlata de mi tía, siempre la acompañaba a todos lados. Imaginar a mi tía sin cigarro era simplemente imposible.

La vida de mi tía era maravillosa, sobre todo por su familia. Las reuniones familiares, cuando mis primos y yo eramos niños siempre eran cálidas. Así que mi tía fue feliz, hasta que sus hijos crecieron. Mi tía tiene tres hijos y una hija. Su hijo más grande es administrador de empresas y como ella, fuma. Los problemas empezaron cuando su segundo y su tercer hijo decidieron estudiar medicina. Como se podrán imaginar, mis primos descubrieron muy de cerca, en prácticas de laboratorio y con especímenes reales, lo dañino que puede ser el tabaquismo. Fue así como mi tía empezó a sufrir. Sus hijos, con todo el amor y preocupación del mundo, le hicieron prometer que dejaría de fumar. Fue tanta su insistencia que a mi pobre tía no le quedó más remedio que prometerlo… y cruzar sus dedos detrás de la espalda.

Cada día mi tía se levantaba a hacer su vida diaria que incluía estudiar una maestría de Historia del Arte en el Museo de Antropología, tomar un café con sus amigas, atender amorosamente a su marido y arrastrarse pecho tierra para esconderse de sus hijos cuando fumaba. Era verdaderamente gracioso ver a mi tía tratando de esconder su vicio. Ver a una mujer elegante hacer cosas un poco ridículas era hilarante. Les llamaba frecuentemente a mis primos para saber cuándo llegaban a casa. Cuando los oía estacionar el coche volaba por los aires y en cuestión de segundos abría ventanas y ventilaba las habitaciones, desaparecía ceniceros, se enjuagaba la boca y nerviosamente empezaba alguna actividad que no levantara sospechas.

Verla esconderse y pasarla difícil eocultándose fue una mezcla entre lo chusco y lo increíble. Para mi, era mucho más complicado llevar a cabo todo el circo, maroma y teatro para esconderse que dejar de fumar. Pero después de haber fuamdo más de una cajetilla diaria por más de 30 años lo hace muy difícil. Sobre todo si ella no estaba convencida de dejar de fumar y lo prometió a la fuerza.

Al final, después de algún tiempo de esconderse, mis primos la cacharon. No sé cómo fue que la cacharon. Si la encontraron escondida detrás del tinaco en el patio o “desapareciendo” cenizas en la tierra de una planta. Una vez descubierta y harta de fingir y pasarla mal les dijo que no iba a dejar de fumar. Con más tristeza que resignación mis primos aceptaron con la condición de que no fumara frente a ellos.

Los años han pasado y mi tía sigue fumando. Gracias a Dios sigue sana y espero que así sea siempre. Creo que luchar contra el tabaquismo se vuelve todavía más difícil cuando el cigarro se entrelaza mucho con la personalidad de una persona. Deja de ser una adicción física para convertirse en una adicción psicológica. Simplemente sin cigarro, mi tía no es ella misma.

La moraleja de esta historia es que un fumador no va a dejar de fumar a menos de que esté convencido por si mismo. No importa si se le obliga por una ley, una promesa, un chantaje o incluso una enfermedad. Mientras el fumador no esté dispuesto a sanar, no sucederá. Ojalá mi tía hubiera decidido no fumar.

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1 comentario

Publicado por en octubre 24, 2008 en Anécdotas, Ceniceros

 

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Una respuesta a “Mi tía, la fumadora.

  1. Tito

    diciembre 25, 2008 at 4:56 pm

    Yo no quiero dejar de fumar, me encanta fumar, me ayuda fumar, así que no lo voy a dejar, igual que un paracaidista aunque el riesgo de morir por su gusto es altísimo lo seguirá haciendo, es mi vida y yo hago con ella lo que me plazca, así tenga que esconderme debajo de una roca lo seguiré haciendo con leye so sin ellas 🙂

     

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